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Publicado: Sábado, 17 Junio 2017 05:00 Escrito por Aída Quintero Dip, Servicio Especial de la ACN

Si José Martí hubiera conocido a Vilma Espín, seguramente tendría que decir de ella lo que una vez expresó de Mariana Grajales: “Fáciles son los hombres con tales mujeres”.

En esta Heroína de la Revolución cubana se conjugaron de manera singular el valor y entereza de la madre de los Maceo, la visión anticipadora de Ana Betancourt para luchar por la emancipación y los derechos de la mujer, y la fidelidad y pasión de compatriotas como Haydée Santamaría y  Celia Sánchez.

Este 18 de junio se cumple el décimo aniversario de la desaparición física de esta mujer  excepcional que ocupa por derecho propio un sitio prominente en la historia de Cuba, a la cual se consagró en cuerpo y alma desde la etapa pre revolucionaria hasta el triunfo, el primero de enero de 1959, y en los años de Revolución en el poder.

Vilma heredó la rebeldía de su amada ciudad, donde había nacido el siete de abril de 1930, la misma que la viera desafiar al régimen en la época de estudiante de ingeniería Química Industrial, en la Universidad de Oriente, y que ante el peligro de la vida clandestina la refugió en sus casas para que nadie pudiera dañarla.

De joven elegante y agradable, se convirtió en el brazo derecho de Frank País, jefe nacional de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio, a quien le sirvió hasta de chofer en los momentos en que era uno de los combatientes más perseguidos por la tiranía de Fulgencio Batista, durante los años convulsos de la lucha clandestina en Santiago de Cuba.

Tuvo el gran honor de representar el estoicismo de la mujer cubana en el levantamiento armado de la heroica urbe, el 30 de noviembre de 1956, junto a Haydée, Asela de los Santos, Gloria Cuadras y otras tantas santiagueras firmes y leales que vistieron el verde olivo dispuestas a apoyar el desembarco del yate Granma para ser libres o mártires, como había vaticinado Fidel.

Era tal su coraje que el propio Frank, poco antes de su muerte el 30 de julio de 1957, la nombró coordinadora provincial del M-26-7 en Oriente y más tarde, en junio de 1958,  ya muy perseguida ella se incorpora a la guerrilla;  el II Frente Oriental Frank País, bajo el mando del entonces Comandante Raúl Castro, fue el escenario donde dio riendas sueltas a sus afanes libertarios hasta el final de la guerra.

Un cariño muy especial por considerarla una de sus hijas más queridas, le prodigó esta tierra  que la sintió en sus calles combatiendo y forjando sueños y la eligió diputada al Parlamento cubano, tras la victoria de 1959, cuando le aguardaron tareas decisivas en la edificación de la nueva sociedad y en la lucha para que la mujer ocupara el puesto merecido.

La destacada combatiente del Ejército Rebelde, incansable luchadora por la emancipación de las féminas y la defensa de los derechos de la niñez,   fue forjando un carácter firme hasta convertirse en un cuadro íntegro, de solidez ideológica a toda prueba que supo fraguar virtudes en las nuevas generaciones.

 Una de las obras que la perpetuará al paso de los siglos es la conducción de la transformación de la mujer cubana, convertida en una poderosa fuerza, protagonista de misiones decisivas para el progreso socioeconómico y político de la nación, tras contar con la guía indiscutible de Vilma en los empeños por alcanzar la verdadera igualdad de derechos y oportunidades.

Vivió años de avatares y desafíos disímiles, pero siempre conservó esa dulzura, mezcla de madre, compañera, amiga, capaz  de analizar con igual entereza los problemas que entorpecen el pleno desarrollo de la sociedad, y de disfrutar de sus avances y logros.

Siempre se sintió dichosa de ser contemporánea con tantas mujeres valiosas  que pusieron su talento y se consagraron al servicio de la Revolución, por eso conducir los destinos de la Federación de Mujeres Cubanas más que un trabajo, lo consideró un placer inigualable.

Sintió la satisfacción de haber forjado –junto a Raúl Castro- una hermosa familia, pródiga de amor, de cuatro hijos y ocho nietos, con la que seguramente quiso perpetuar de alguna manera su vida y experiencia clandestina y guerrillera, pues dos de sus hijas llevan sus más conocidos nombres de guerra: Déborah y Mariela.

Hasta su muerte la adornó una singular sonrisa, que la distinguió entre los guerrilleros en los días de la Sierra Maestra, cuando ella y Celia eran las niñas lindas de la tropa y los rebeldes  lo mismo les regalaban flores, las protegían como a una hermana, o las acompañaban a riesgosas misiones.

Las presentes y futuras generaciones tendrán que venerarla, además, por su fidelidad a la causa,  y especialmente a Fidel, como intérprete ferviente y creativa de sus ideas; por los importantes servicios que prestó a la Patria y por anidar los valores más auténticos de la cubanía.

Su ejemplo se multiplica hoy en quienes asumen responsabilidades en diversas esferas de la vida nacional y en cargos de toma de decisiones, en las científicas, médicas, economistas, ingenieras, maestras, obreras, constructoras, trabajadores de servicio que dejan huellas por su dedicación y sentido de pertenencia.

Los cubanos y cubanas de estos tiempos tienen en la vida y obra de Vilma Espín una fuente inagotable de inspiración para protagonizar las mejores acciones y engrandecer la Patria, a la que ella entregó todo sin mirar de qué lado se vivía mejor, sino de qué lado estaba el deber.

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