Regresan a Cuba los profesionales que ayudaron a enfrentar la COVID-19 en Andorra

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Muy lejos, allá en el viejo continente, justo en los Pirineos, entre España y Francia, se humectaron de emociones ayer los ojos de andorranos y cubanos. Se les alojó el dolor propio de las despedidas, nunca mayor que aquel que fueron a sofocar los 39 médicos nuestros, integrantes de la brigada médica del Contingente Henry Reeve, cuando hace tres meses llegaron al Principado de Andorra, a combatir la famélica pandemia que se ensañaba mayormente con diversos puntos de la geografía europea.

La hermosa región que los vio llegar, sin más armas que las de sus conocimientos y el sol de sus corazones delatándose en sus gestos, despidió ayer a los que, sobreponiéndose al temor de lo horrendo, cubrieron frentes vacíos que temblaban de espanto y devolvieron sonrisas y vida donde había sollozos y pánico.

No es, aunque de sobra lo sepamos, la voz de sus compatriotas, la que habla ahora de ese sello que caracteriza a los médicos cubanos, que como luces generosas apagan oscuridades en tantos sitios sombríos del planeta, sino los que allí los vieron mostrarse, tal como son, sin más ardides que sus cubanas mañas, con las que dejan –sin pretenderlo– huellas definitivas en quienes los llegan a conocer. 

«En las sociedades europeas hemos llegado a un punto en que no estamos acostumbrados a las personas de trato fácil, cercano, agradable, jovial. A personas limpias, ordenadas, sencillas, generosas», expresó en una carta de despedida –reseñada por la agencia Prensa Latina– Xavier Miquel, director del Hotel Panorama, donde fueron alojados los médicos, quien además aseguró que «todas estas cualidades las hemos encontrado en todos y cada uno de los miembros de la brigada Henry Reeve. En “nuestros cubanos”». «Nos duele su partida, como no puede ser de otra manera con gente como ustedes», dice también la carta.

 ¿Habrá quiénes ignoren que sucede así siempre que llega el momento de partir? ¿Se preguntarán algunos a qué se debe ese timbre inalterable de todo un ejército establecido para repartir por el mundo su naturaleza?  ¿Se pensará que son seres alados, que fueron a parar allí, ángeles «quitadolores», tal vez bondades del azar?  Nosotros, por suerte, sabemos. Nos consta cómo y por obra de quién fueron formados. Sabemos de sus desvelos y sus destinos, de sus disposiciones para salir airosos y ganar la vida, aun frente a trabas desalmadas y bochornosas.

Hoy pisarán tierra cubana los que desde el pasado marzo y hasta hace unas horas atendieron a 8 223 enfermos, realizaron 66 484 procederes de enfermería y arrebataron a la muerte 106 vidas. Los esperan aquí sus seres queridos, todo el pueblo de Cuba y el resto de sus compañeros, soldados del bien, que en una isla bloqueada y asfixiada económicamente consiguen paliar la covid-19, con cifras cada vez más admirables y esperanzadoras.

Mientras llega este grupo desde Andorra, otras 36 brigadas se baten en complejos escenarios contra la pandemia, y han atendido a 162 185 pacientes, y salvado 5 036 vidas. Mientras avivan con su presencia la esperanza, el mundo observa y habla.

Por todas partes crecen listas y enunciados; se alzan voces certeras, que sienten el deber de la justicia y saben lo que hace por la paz, la ventura y la vida del mundo, cada día, el Contingente Henry Revee, fundado por Fidel hace 15 años. Voces unidas aclaman el Nobel de la Paz para ellos, sin que otra propuesta suene más alto, ni otro candidato lo tenga más merecido. Para el veredicto del Comité que otorga el Premio falta aún; entretanto, la justicia de los buenos le otorga, desde hace meses, el «Nobel» a los novios de la vida.

(http://www.granma.cu/cuba-covid-19/2020-06-30/desde-andorra-a-su-tierra-los-novios-de-la-vida-30-06-2020-22-06-26 )

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