Páginas inolvidables de sensibilidad, formación y profesionalismo

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Como en otras partes del mundo, en Italia los profesionales de la Salud de Cuba han escrito páginas inolvidables de profesionalismo, amor, hermandad, solidaridad y humanismo; maravillosos momentos de la vida imposibles de callar; en especial, por este ejemplo demostrado, al salvar tantas vidas, apoyar a sus pacientes o unirse ante el dolor de una pérdida, que dice mucho de Cuba y su gente.

Altruismo también en la retaguardia

Invariablemente se ha ponderado la vocación humanista y solidaria de la Medicina cubana y la actitud altruista de los médicos, enfermeros y técnicos de la salud que han marchado a cumplir misión en diversos países del mundo, sobre todo en parajes inhóspitos, atendiendo hasta comunidades donde nunca había llegado un galeno.

Cuba ha ganado un prestigio internacional reconocido en ese campo, no únicamente por la competencia de sus profesionales y la calidad de sus servicios, sino también por la integralidad de ese recurso humano, dotado de una capacidad especial para brindar amor en cada consulta y sentirse identificado con el sufrimiento de sus semejantes.

Tal reconocimiento a los compatriotas del sector de la Salud Pública eleva nuestro ego, porque ellos son símbolos de la identidad nacional y sería un sacrilegio no experimentar orgullo de ser contemporáneos de hombres y mujeres que andan por lejanos rincones de la tierra salvando vidas sin distingo de edad, color de la piel, idioma en que se habla o dinero que el paciente lleva en los bolsillos.

A una actitud tan desinteresada y devoción por obrar bien, de sentir en lo más hondo el dolor ajeno y hacer hasta lo imposible por aliviarlo, se adiciona el mérito de ejercer la profesión lejos de casa, del cariño de los seres queridos; sin comodidades, a veces con las condiciones indispensables, e incluso, en situaciones de riesgo cuando han enfrentado epidemias, acudido ante terremotos y tsunamis, o atravesado peligrosas selvas y lagos.

Las proezas más reconocidas están en el combate al Ébola en regiones de África y más recientemente la cruzada por la vida en batalla campal contra la COVID-19, que ha contagiado alrededor de una decena de millones de seres humanos y segado la existencia de varias centenas de miles en el planeta, cifras que dolorosamente se incrementan por minuto.

Para contribuir a vencer esa terrible pandemia que ha puesto en vilo a la humanidad, y a solicitud de numerosos países, Cuba ha enviado más de 30 brigadas del contingente internacional Henry Reeve especializado en situaciones de desastres y graves epidemias, al cual muchas organizaciones del mundo han propuesto que le se otorgue el Premio Nobel de la Paz.

Cada palabra que se escriba para premiar esa hazaña sería poco. Cada imagen que se publique no bastaría para mostrar en toda su grandeza el gesto generoso que solo nace y fructifica en almas nobles, de elevados sentimientos solidarios, como caracteriza al ejército de batas blancas que honra a la Patria con su labor.

Este tiempo de pandemia por el nuevo coronavirus ha servido también para enaltecer la consagración de quienes cumplen misión en su propia tierra, y trabajan con similar heroicidad y altruismo desde su puesto en la retaguardia.

Abundan historias que merecen capítulos y permitirían evaluar con justeza a esos incansables médicos de disímiles especialidades, enfermeros y técnicos que en los hospitales, policlínicos, consultorios y cuerpos de guardia hacen de la Medicina un sentido de la vida y no un medio de vida.

Un ejemplo podría ilustrar tanta entrega en la trinchera principal para atender y salvar los casos contagiados con la COVID-19 en Santiago de Cuba: el hospital militar Joaquín Castillos Duany, donde la labor asumida desde el trabajador más sencillo hasta el de más alto rango merece la honra a la usanza martiana ante el derroche de valentía y dedicación.

Igual desvelo hubo en otras unidades asistenciales santiagueras que sirvieron de apoyo, en los centros de aislamiento y en los de vigilancia epidemiológica, además de los consultorios del médicos de la familia, centinelas sempiternos para prevenir la propagación de la letal enfermedad desde cada casa, desde la comunidad.

Los valores fomentados por la Revolución en estos 61 años fructifican; lo confirman el médico que se mantuvo en la línea roja de la terapia intensiva más tiempo del reglamentado; los laboratoristas analizando muestras día y noche tras haber dejado la niña pequeña al cuidado de su madre; y la médica del consultorio que junto a los estudiantes no dio tregua a las pesquisas, con atención diferenciada a las personas más vulnerables, como ancianos o discapacitados de su área de salud.

Y habrá que admitir algunos lunares que duelen en la Salud Pública, un maltrato por aquí, un examen incompleto por allá, una atención tardía, un mal servicio…, pero nunca podrán empañar una obra tan gigantesca hecha por hombres y mujeres con defectos y virtudes, pero enamorados y consagrados de su labor.

En resumen, en cada hospital, policlínico, consultorio o cuerpo de guardia sobraron las muestras de que la solidaridad humana los cubanos no la ejercen solo cuando asumen misiones en el exterior; hay muchos ejemplos para ratificar que también se manifiesta desde casa, en el responsable puesto en la retaguardia.

(http://www.acn.cu/especiales-acn/66824-altruismo-tambien-en-la-retaguardia)

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