[:es]Monumento ecuestre a José Martí: en la eterna claridad[:]

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Presidió el General de Ejército Raúl Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, el acto en el aniversario 165 del natalicio del Héroe Nacional

Homenaje a nuestro José Martí
Homenaje a nuestro José Martí
Homenaje a nuestro José Martí

Para conmemorar el aniversario 165 del natalicio de José Martí, Héroe Nacional de Cuba, quedó oficialmente inaugurada ayer, en el capitalino parque 13 de Marzo, una réplica de la estatua ecuestre –de Anna Hyatt Huntington–, que desde 1965 lo inmortaliza en Nueva York. El General de Ejército Raúl Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros presidió el acto en el cual participaron miembros del Buró Político del Partido, del Consejo de Estado y de Gobierno, junto a representantes de la alcaldía de Nueva York, del Museo del Bronx y de ciudadanos de EE. UU. que contribuyeron con creces a la realización del proyecto.

José Martí vio en la muerte necesaria la almohada, la levadura y el triunfo de la vida y habló de la necesidad de morir bien para continuar viviendo. Acaso fue esta el aura del homenaje en que fuera evocado el más universal de los cubanos al trascender, desde la voz de los oradores, la inmortalidad de un hombre de extraordinarias dimensiones.

En nombre de la Junta administrativa del neoyorquino Museo de las Artes del Bronx, prestigiosa institución que ha rectorado tanto empeño, y de su directora Holly Block –recientemente fallecida– se dirigió al público Joseph Mizzi, Presidente de la Junta de Fideicomiso del Museo, para reconocer como un honor el «estar hoy aquí para obsequiar esta escultura al pueblo de Cuba».

Mizzi destacó la voluntad de Holly, incluso ya con su salud deteriorada, de defender el proyecto cuyo significado «simboliza la amistad imperecedera entre el pueblo de Estados Unidos y el de Cuba». Para materializarlo trabajó incansablemente, explicó, y reveló que durante la realización del proyecto los implicados han aprendido mucho –y compartido con otros amigos- de la obra martiana, entre esos saldos, su compromiso con la independencia de Cuba, la importancia de la dignidad humana, y la propia historia de Estados Unidos, que escribiera durante los 15 años que viviera el cubano en ese país. En sus agradecimientos aludió al más de un centenar de donantes que hicieron posible el proyecto y en especial a su directora, la señora Leanne Mella, presente en el acto.

Un sugestivo mensaje envió Bill de Blasio, alcalde de la ciudad de Nueva York, que dio a conocer a los presentes José A. Velázquez Zaldívar, representante de la Alcaldía. Entre otros detalles, refirió que la icónica estatua que se yergue en el Parque Central ha sido una fuente de inspiración y empoderamiento para neoyorquinos cubanos, y la reproducción hoy en La Habana asegura que su legado histórico en la búsqueda de la independencia sea compartido por las futuras generaciones. Para concluir, dijo sentirse «orgulloso de unirme a los que hoy se congregan para conmemorar esta ocasión, en la que celebramos la amistad que nuestra ciudad comparte dignamente con Cuba».

La sugestiva intervención del Dr. Eusebio Leal Spengler, Historiador de La Habana, a cuyo cargo estuvieron las palabras centrales, pusieron en la ceremonia lirismo y vehemencia. «Todo convida esta mañana al recuerdo y a la devota gratitud a los padres fundadores de nuestra patria», expresó, y trajo al recuerdo el alumbramiento que tuviera lugar hace 165 años, muy cerca de allí, en la calle Paula.

«Evocamos a Martí en el acto de su supremo sacrificio, por la causa que escogió como una motivación para su vida», prosiguió, y con el verbo reposado y seguro orientó al auditorio hacia el monumento. «Obra de un sentido estético y técnico superior, la escultura marcó en la vida de la artista un momento excepcional».

Explicó que a sus 82 años la escultora acogió el proyecto pensando tal vez que en Nueva York, entre las estatuas de Simón Bolívar y José de San Martín faltaría una pieza fundamental –la que finalmente hiciera- en el discurso de Nuestra América.

Señalando que la autora quiso representarlo a caballo, es posible la pregunta de si fue, o no, Martí un jinete. Para asentir recordó al niño, que en la primera carta que le enviara a su madre desde Hanábana, a donde fue a acompañar a su padre el celador, le hablara desde entonces de un caballo que debía engordar «como un puerco cebón» y que montaba todas las tardes.

Hermosas confluencias va tejiendo el disertante entre la obra y la vida legendaria del Apóstol. «Es el corcel blanco que le traen en nombre del Mayor General José Maceo, para que lo luzca en la revolución», dice y dirige las miradas hacia la imagen espantada de la bestia ante el fuego que su montador recibe de frente y de costado, que lo hace desprender de su mano «el arma que quizás nunca utilizó».

Describe ahora la serenidad del rostro moribundo y la hermosura en el conjunto en el cual el caballo pisa la yerba, donde un día, como «aseguró» Martí, crecería junto a su verso. A pesar de la estampa letal que se expone no gana la muerte terreno en las almas. «No venimos hoy con tristeza y apocamiento ante su monumento».

Eusebio prefirió hilvanar algunas coincidencias con el «bello amanecer» de aquellos que aman a su patria. Al  aniversario 165 del Héroe, juntó el hecho de que en el mismo sitio donde se levanta ahora, otros próceres de la independencia también se reunieron, y en la Loma del Ángel, muy cerca del emplazamiento, descansan algunas de las más importantes leyendas de La Habana, donde él nació. No faltaron en la cita el aniversario 150 del inicio de las guerras de la Independencia, el 60 de la Revolución Cubana y todo ello incluido en el aniversario 500 de La Habana, testigo y protagonista de hechos muy notables de Cuba y América.

Eusebio de nuevo agradeció a todos los que hicieron aportes para conseguir la ejecución de la obra y encomió «a la filántropa mexicana que siempre ha querido que su nombre permanezca en la sombra».

Tras aludir a las nuevas generaciones que mantienen viva la memoria martiana, tal como se demostrara en el Desfile de las Antorchas, protagonizado hace apenas unas horas por los jóvenes habaneros, el Historiador visualizó el monumento al General Máximo Gómez, a pocos metros del de Martí, y recordó cuando el Generalísimo «enternecido» lo reconoce como el delegado electo del Partido Revolucionario Cubano y le concede el grado de Mayor General del Ejército Libertador de Cuba. «Ese es el Martí que contemplamos hoy sobre la montura».

El «periplo» oral va ahora al teatro de la muerte, de la que no lo pudo salvar su Ángel de la Guardia, el soldado que lo acompañaba. «A la vista del dagame (…), a la vista de un anoncillo y un fustete, cae, vestido inusualmente, roto el corazón, rotos los labios de los cuales habían surgido versos y palabras que conmovieron a los corazones más endurecidos».

Un auditorio sacudido, ante la narración desgarradora de los hechos, nota en el discurso un cambio gramatical. De la tercera persona que describe, el orador habla ahora con Martí, (segunda persona) a cuyo rostro de bronce iluminan los primeros rayos.

«Por eso hoy, cuando nos acercamos a tu monumento, rendimos culto a aquellos que hicieron posible que tus ideas prevalecieran más allá de la muerte; a las legiones que sufrieron y padecieron buscando un camino para Cuba, para esta Cuba actual, para la cual luchamos».

«Maestro, hemos cumplido!», –le dice– y no hay quien dude que Martí desde algún sitio escucha. «Cuba te agradece, el pueblo cubano todo deposita ante ti una ofrenda de flores, y estos signos y estos trenos recuerdan que tu sacrificio no fue inútil». Entonces le explica que no ha sido este un develamiento como los otros, en los que se quita un parabán y queda desnuda la estatua. «Hemos preferido que sea la bandera la que ondee sobre el cielo azul de Cuba».

La tricolor ondeante es lo que encuentran los ojos que siguen el curso de las palabras de Eusebio, las que invitan a mirar a la parte superior donde el rostro herido declina. Empieza a clarear. La luz del día ilumina el semblante del que está destinado por la obra de su vida a vivir en la claridad. «Bendito seas, Maestro», concluye Eusebio.

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Autor: Madeleine Sautié

 

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