[:es]La Herradura parió la gloria de toda Cuba[:]

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Mijain Lopez

El tricampeón olímpico y cinco veces monarca mundial de lucha grecorromana, Mijaín López, fue el único gladiador que se fue sin un punto en contra

¿Dónde Leonor va a colgar esta medalla, la más grande, la que ha hecho crecer la historia? “Mi mamá ya tenía el clavito listo, ella sabía que esta iba para su colección”, así nos respondió el ya tricampeón olímpico y cinco veces monarca mundial de lucha grecorromana, Mijaín López Núñez, tras la premiación de la división de los 130 kilogramos de la XXXI Olimpiada.

Marcelo, un periodista español, me preguntó si él era tan querido en Cuba como los peloteros. Le dije que sí, porque es una gente muy humilde, y el colega me expresó: “Sí, lo veo agradeciéndole con besos y abrazos a personas que a lo mejor no conoce, de veras se ve tan sencillo como inmensa es su geografía humana”.

Mijaín es la expresión de un pueblo que como pocos ha hecho mucho por el deporte. Desde la pequeña Cuba, en medio de ese Caribe redentor, al mundo le ha nacido esta muralla de músculo, que en una de sus primeras palabras con la hazaña en el medio del pecho, nos emocionó al externar sus sentimientos. “Le prometí al difunto Teófilo Ste­venson, al más grande, que conquistaría esta presea y se lo dije a Félix Savón también. Es un gran orgullo, no una meta, el hecho de haber cumplido”.

Y la gloria le cabe toda al modesto pueblo de La Herradura, en Consolación del Sur, Pi­nar del Río, una comarca que no pasa de 210 kilómetros cuadrados ni de 10 000 habitantes. Sin embargo, es la noticia del planeta olímpico, pues él capitalizó en el colchón de lucha la gran obra de un pueblo pequeño, sin los grandes capitales o riquezas de quienes pasean su poderío en estas elitistas citas.

Lo hizo con magistral presentación, como lo hacen los tocados no por la magia, sino por el trabajo y el sudor de muchos años de preparación que le permitieron llegar hasta acá después de aquel debut en Atenas 2004, donde vio bajar a su hermano Michel del cuadrilátero boxístico con el título bronceado, mientras él se marchaba con un quinto puesto.

Esas mismas emociones tienen que haber hecho temblar a toda Cuba, mientras aquí los pechos se apretaban con las notas del himno nacional y verlo parado en los más alto del podio en atención, con saludo militar. ¿Qué quisiste decir con ese gesto? “Cumplí con mi Comandante, con mi pueblo”. Y también con su familia, con Bartolo, su padre, que una vez, cuando se fracturó con 11 años una pierna en la escuela deportiva, fue hasta ella a sacarlo. “Se acabó esto”, le dijo, pero Leonor, sabiamente y con ese instinto maternal, convenció al esposo y le regaló al mundo este histórico 15 de agosto, cuando el orbe se alumbró justo a las 5 y 49 minutos de la tarde en Cuba, con esta medalla de oro.

Tal vez Caridad tampoco vio esta pelea, ella nunca lo hace, prefiere verlo después vencedor, le dijo una vez a TelePinar, porque la vecina de Leonor y Bartolo sigue pensando que “ese niño es lo mejor del mundo”. No se equivoca Ca­ridad, y Bartolo lo corroboró al afirmarle a la televisora “para mí la medalla más im­portante de Mijaín es su corazón, su nobleza y el compromiso que tiene con esta Revolución, sin la cual no hubiera sido nada, como hijo de campesinos pobres y de piel negra”. Su madre fue más directa: “Mijaín es más patriota que campeón”.

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