Gigante

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Desde que ya no estás siempre te escribo en tu cumpleaños. Ni siquiera nos conocimos personalmente, pero fuiste parte de mi vida, de mi infancia. Aprendí a quererte por mi padre. Eres el héroe de mi héroe y, por tanto, el mío también.

Cuando pequeña, me sentaba frente al televisor a ver tus discursos. Ponía frente al aparato un sillón de madera diminuto por el que habían pasado todos los niños de la familia. Llegó  a mí un poco desvencijado, pero me encantaba, y entre balanceos permanecía horas observando a ese hombre de barba y traje verde olivo que me cautivaba.

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