El legado que un disparo no pudo borrar

Como a los héroes se les recuerda
sin llanto, el que fuera un hombre entregado por completo a la noble causa de
los trabajadores azucareros, no es honrado por su pueblo entre lágrimas, sino
con orgullo revolucionario, con el fervor de la herencia que dejó para el
futuro: la dignidad y la honra, merecen cualquier sacrificio.

Tenía sólo 31 años Amancio
Rodríguez Herrero cuando un asesino a sueldo, pagado por los mujalistas y con
la anuencia del gobierno de Carlos Prío Socarras, acabó con su vida. A sangre
fría, sin titubeos, un disparo bastó para que sicario completara su tarea y el
joven dirigente sindical dejara escapar su último suspiro.