[:es]El lado ¿bueno? del zika[:]

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Tomado de: Juventud Rebelde ||

Después de protagonizar titulares negativos, el temido virus encabeza un proyecto de lucha contra el cáncer cerebral


Quizá, después de la inyección, cerraron el laboratorio hasta el día siguiente con la expectativa latiendo en el estómago. O quién sabe, tal vez ni siquiera tuvieron el valor de irse preguntándose qué pasaría, y se quedaron las 24 horas por turnos, monitoreando cada mínimo cambio.

Tras los 1 440 minutos más largos del mundo, la realidad superaba la expectativa: la mitad de las células cancerosas de glioblastoma, el tumor cerebral más común y agresivo, habían sido eliminadas por el virus del Zika. Exactamente como leyó, por el virus del Zika.

Ya lo sabemos, el zika llegó a Sudamérica desde Polinesia hace cerca de cinco años y ha provocado cientos de casos de microcefalia en bebés, demostrando el increíble daño que ocasiona a las células del cerebro infantil, pues es capaz de pasar de la sangre al encéfalo y atacar sus células madre.

Sin embargo, desde 2016 equipos científicos de diferentes países habían notado su potencial positivo al resaltar la resistencia del cerebro adulto a la fuerza reductora del virus. Combinando esa inocuidad en células neuronales de adultos con la potencia destructora de células madre, el zika se mostraba capaz de atacar directamente las células cancerosas para frenar el crecimiento de los tumores cefálicos sin dañar las células sanas, una especificidad que no logran los tratamientos convencionales al combinar cirugía, radioterapia y quimioterapia.

Investigadores británicos encabezados por Harry Bulstrode, en la Universidad de Cambridge, anunciaron en 2016 que tratarían ratones enfermos de glioblastoma para comprobar la hipótesis. The Journal of Experimental Medicine  anunciaba poco después que un equipo de la Universidad de San Diego se enrumbaba por el mismo camino. Solo quedaba entonces intentarlo.

Por la otra parte de la historia estaban precisamente los que sufren de un glioblastoma. El tumor es el más común y el más agresivo de los tipos de cáncer de encéfalo, pues sus células reaparecen con una velocidad que casi supera el ritmo de los tratamientos, y el pronóstico de supervivencia para esos pacientes suele oscilar entre apenas unos 12 y 15 meses.

Fueron todas esas verdades las que trajeron hace apenas unos días el anuncio de que se habían logrado las primeras fases del ensayo. El virus había reducido a la mitad las células malignas en tan solo una jornada y había pasado la prueba en placa de Petri y en células animales de ratones.

Proyectado el hallazgo a ensayos más generales, se podría abrir paso a una esperanza mucho mayor.

De la inventiva científica

No solo es asombroso que se haya logrado acorralar así uno de los tumores más agresivos, al menos en pruebas de laboratorio, sino que la solución venga de la mano de un temido virus que durante los últimos años ha encabezado titulares negativos.

Para ser justos, habría que decirlo: el zika también ha generado una ola de inventiva y creación científica de la mano de sus estragos, que no solo ha demostrado la capacidad dialógica de la ciencia posmoderna para adaptarse a realidades vertiginosas, sino que ha probado la cooperación entre ciencias, en otras ocasiones separadas en su funcionamiento.

Un buen ejemplo sería recordar la producción de mosquitos Aedes modificados genéticamente. El mayor laboratorio del mundo dedicado a la cría de insectos modificados, ubicado en Brasil y surgido de la Universidad de Cambridge, llegó a producir unos 60 millones de mosquitos transgénicos a la semana.

El fin consistía en que se aparearan con las hembras y dieran a luz insectos con carga genética mortal que los aniquilara a momentos de haber visto la luz. De tal modo, la reducción de la población de mosquitos Aedes hembra, las que transportan virus como zika, chikungunya, fiebre amarilla, dengue, etc. incluía así iniciativas de la epidemiología y la genética en una colaboración estrecha.

Y como clímax, ahora, el virus generó la idea de este renovador tratamiento para otro mal.

Tratamientos increíbles

Los tratamientos con agentes inusuales no llegan al escenario de la ciencia desde hace poco. Si bien es cierto que ver a un virus protagonizando la lucha contra el cáncer es harto asombroso, los caminos científicos han desandado historias de «curaciones» verdaderamente sui géneris desde momentos en que los métodos todavía apuntaban al mito y a la sabiduría popular en muchas áreas médicas.

Un tiempo antes de la medicación sicoactiva efectiva, en 1928,  un doctor berlinés llamado Manfred Sakel trataba a pacientes sicóticos con dosis de insulina, alegando que su consumo los hacía más manejables y menos «argumentativos».

En muchas ocasiones, los pacientes debían ser mantenidos con vida a través de la administración de glucosa intravenosa, y en varios casos se provocó el coma. La práctica cobró la vida del diez por ciento de los pacientes y se volvió popular hasta el surgimiento de la clorpromazina en los años 30.

En las décadas de 1950 y 1960, la metanfetamina fue ampliamente recetada para la depresión clínica, alcanzando un máximo de 31 millones de recetas al año en 1967. Tras una fachada de antidepresivo, la droga hundió en adicción a numerosas amas de casa deprimidas.

Y acaso el más famoso de esos «tratamientos pioneros» fue la lobotomía (el corte del lóbulo prefrontal), inventada por Walter Freeman en 1936 contra la depresión y la ansiedad. Para 1946 la «lobotomía picahielos transorbital» (un picahielos a través del ojo y hacia el cerebro) continuó la práctica, que llegó a ejecutarse incluso desde una camioneta que ofrecía el procedimiento de modo ambulante. Lo más sorprendente fue que Freeman fue galardonado con el Premio Nobel en 1949, una de las grandes críticas que tiñen la historia del afamado lauro.

Todo esto sin hablar de la teoría de los humores, que durante varios años provocó una ola de sangrías o desangrados con las que se creía equilibrar las cuatro bilis del cuerpo humano, y provocaban hemorragias a los pacientes.

En resumen, avistar hoy procedimientos que desde las ciencias médicas actuales nos parecen precientíficos y hasta cavernícolas nos trae a dos puntos esenciales, al menos.

La ciencia de la salud que hoy se desarrolla hasta niveles tan espectaculares como la nanomedicina y la medicina tecnológica se aleja en métodos, fines, tecnologías y discursos de su antepasada precientífica.

Sin embargo, si somos sinceros, un poco desapegados del espíritu racionalista que nos resguarda, ¿cuánto le debe a la herencia de sus antepasados en la creatividad que aflora con los nuevos y arriesgados tratamientos?

Habría que atreverse a preguntar.

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Autor: Iris Oropesa Mecias

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