[:es]Dos hombres, un mismo sueño[:]

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Tomado de: Granma ||
Cuando se habla de Martí y de Fidel es casi imposible no hallar el nexo común; cuando se mira la obra de cada uno y las ideas que marcaron su vida, sabemos por qué dos hombres separados por los anales del tiempo tienen tanto en común.

Y el barbudo hablaba frente a la multitud como si tuviera al Apóstol a su lado.

Acompañándolo. Guiando el camino. Porque más que la estatua perpetuada en mármol –esa que a los cubanos estremece cada fibra del alma–, lo que estaba detrás del predio, en la Plaza, era la continuidad de un mismo pensamiento, como si discípulo y maestro se hubieran puesto de acuerdo.

Los hombres mueren, al menos físicamente, pero las ideas quedan y pasan de una generación a otra, alimentando esa herencia histórica. Puede que haya otras coincidencias, otros nombres, pero cuando se habla de Martí y de Fidel es casi imposible no encontrar ese nexo, el hilo conductor que evidencia cómo la prédica martiana ejerció una gran influencia en la formación moral, humana y revolucionaria del Comandante en Jefe.

Incluso desde sus años de estudiante, el líder histórico de la Revolución Cubana sustentó sus ideales y criterios de soberanía apelando a las doctrinas del Apóstol, y no en pocas ocasiones recordó aquellas palabras martianas que aseguraban que la libertad costaba muy cara, y era necesario, o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio. Fue en la propia Universidad, como Fidel mencionó varias veces en sus discursos, donde se hizo revolucionario, porque también ahí se hizo martiano.

De igual modo que el Maestro desenmascaró en su época al reformismo y al anexionismo como enemigos de la independencia de Cuba, y proclamó la inevitabilidad de la guerra contra el colonialismo español, así el Comandante llegó a la conclusión de que solo quedaba un camino para conquistar la libertad: el de la lucha armada, recordaba el investigador e historiador cubano José Cantón Navarro, en el prólogo del libro José Martí en el ideario de Fidel Castro, de las autoras Dolores Guerra López, Margarita Concepción Llano y Amparo Hernández Denis.

«El mismo Fidel explicaría esa coincidencia en 1971, ante los estudiantes de la Universidad de Concepción, en Chile. “Una profunda tradición nos venía desde Martí.

Cuando hablaba de la guerra explicaba: la guerra inevitable, la guerra necesaria. Fue toda una filosofía para justificar por qué y explicar por qué en nuestro país se acudía a la forma extrema de lucha puesto que a la patria no le quedaba otra alternativa de obtener la libertad. Nuestra Revolución siguió siempre esa técnica, esa prédica y ese estilo martiano”.

«Así, todos los pasos de Fidel están presididos por la irrevocable decisión martiana de pelear hasta la conquista de la libertad o entregar la vida en el combate. Este es, quizás, el primer legado de Martí a las generaciones que le siguieron: el de la lucha a muerte contra la opresión extranjera y el despotismo», afirma Cantón Navarro.

Quizá no encontremos un suceso más revelador que el juicio a los atacantes del cuartel Moncada y, en particular, La historia me absolverá. Allí, en el alegato, hallamos momentos trascendentales de la gesta revolucionaria y nombres que conocemos muy bien: Maceo, Gómez, Agramonte. Céspedes…, pero es Martí, una vez más, el hilo conductor de las palabras de autodefensa que Fidel esgrimió desde el encierro y que sostienen, ante los acusadores, el derecho de los pueblos a la insurrección contra la tiranía y la legitimidad de la lucha por la independencia de Cuba.

Quedó bien claro cuando el Comandante en Jefe señalaba que habían prohibido que llegaran a su celda los libros de Martí. «(…) parece que la censura de la prisión los consideró demasiado subversivos. ¿O será porque yo dije que Martí era el autor intelectual del 26 de julio? Se impidió, además, que trajese a este juicio ninguna obra de consulta sobre cualquier otra materia. ¡No importa en absoluto! Traigo en el corazón las doctrinas del Maestro y en el pensamiento las nobles ideas de todos los hombres que han defendido la libertad de los pueblos».

O cuando dijo: «Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario, que su memoria se extinguiría para siempre, ¡tanta era la afrenta! Pero vive, no ha muerto, su pueblo es rebelde, su pueblo es digno, su pueblo es fiel a su recuerdo; hay cubanos que han caído defendiendo sus doctrinas, hay jóvenes que en magnífico desagravio vinieron a morir junto a su tumba, a darle su sangre y su vida para que él siga viviendo en el alma de la patria. ¡Cuba, qué sería de ti si hubieras dejado morir a tu Apóstol!».

Y si no bastaran las continuas menciones, nos queda aquello que llamamos coincidencias, aunque en realidad sean fruto del influjo que uno tuvo sobre el otro.

Fidel concluyó su histórico alegato con la frase «la historia me absolverá». Martí también había hecho un pronóstico similar en el discurso del 17 de febrero de 1892, conocido como La oración de Tampa y Cayo Hueso, al finalizar su oratoria con palabras de claras resonancias para nuestra Revolución: «la historia no nos ha de declarar culpables».

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