[:es]BMC.Honduras.CONOCIENDO CUBA.Toma de la Habana por los Ingleses.[:]

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La capital de la Capitanía General de Cuba siempre fue codiciada por los ingleses, su ubicación era clave para someter militarmente y políticamente a la región caribeña, además de constituir uno de los puertos más importantes de las Antillas.

En la temprana fecha de la segunda mitad del siglo XVI uno de los más terribles piratas ingleses, Francis Drake, convirtió a La Habana en una ruta obligatoria de sus fechorías en el Caribe. Durante la etapa comprendida entre los años 1565 y 1595, Drake, apodado El Dragón y convertido luego en Sir por obra y gracia de la monarquía inglesa, resultó un azote para las costas cubanas[2]. Su intento de tomar La Habana mas fuerte ocurrió en la primavera de 1586, cuando el conocido corsario se presentó frente a La Habana con los primeros buques de su escuadra, integrada en su totalidad por 30 naves de diferentes calados[3].

Drake venía con el ánimo bien dispuesto para tomarla. Pero advertido con respecto a la preparación defensiva de la villa, que disponía de más de 900 arcabuceros, allegados algunos hasta de México, se arrepintió de su afán y prefirió seguir de largo en busca de una presa más fácil. Al fin los habaneros podían respirar tranquilos.

Otro de los famosos piratas que también realizó ataques en tierras cubanas e intento buscar un lugar donde desembarcar con sus hombres en las costas habaneras fue Henry Morgan, quien en los años finales de la década de 1660 reunió una flotilla de unas 12 embarcaciones y 700 hombres, casi todos ingleses y franceses, con los que merodeó frente a La Habana y desembarcó posteriormente en Santa María desde donde se dirigió por tierra hasta Puerto Príncipe, población que tomó con facilidad. Hizo un minucioso saqueo e impuso un tributo de 500 vacas y sal por no quemar la población, regresando luego a Jamaica con el botín.

Durante la Guerra de la Oreja de Jenkins, ocurrida entre los años 1739 y 1741, donde se enfrentaron los ingleses y los españoles en el Caribe, una escuadra del vicealmirante inglés Edward Vernon apareció, en 1739, frente a el poblado habanero de Guanabo y al año siguiente frente al Puerto de La Habana, antes de apoderándose de la bahía de Guantánamo en 1741. Allí fundó la colonia Cumberland, como paso previo para asaltar Santiago de Cuba por tierra, pero las enfermedades tropicales y el incesante hostigamiento de las milicias criollas lo obligó a reembarcar con un crecido número de bajas.

En 1756, en el periodo de paz establecido con el fin de la guerra de la Oreja de Jenkins, La Habana fue visitada por el almirante inglés Charles Knowles, gobernador de Jamaica, como gesto de buena voluntad. El almirante fue recibido por el gobierno local, que además le permitió pasearse por la ciudad, sus alrededores y fortificaciones. Cuando Knowles llegó a Londres en 1761, hizo planos y documentos muy detallados con todos los datos de su visita y aconsejó que se atacara la plaza en caso de guerra, cosa que aprobaron y más tarde ejecutaron.

El asalto y posterior ocupación de las fuerzas inglesas contra la La Habana, entonces capital de la deseada Capitanía General de Cuba, ocurrió durante el desarrollo de la Guerra de los Siete Años (17561763), donde se enfrentaron dos coaliciones europeas, por un lado las fuerzas hispano-francesas y países aliados, mientras que por el otro lado se encontraban contra el poderoso ejército inglés y sus aliados.

Una de las tantas causas de este conflicto, además del tradicional enfrentamiento entre los ingleses y los franceses, fue el control del comercio en las Antillas y el monopolio de la trata de esclavos, ambos en manos británicas. Debido a ello, el nuevo monarca Carlos III de España, movido por ambiciones y resentimientos personales, y por reivindicaciones nacionales, con respecto a la ocupación británica de Gibraltar y la costa de Honduras, aportó el motivo de la guerra, al firmar con Luis XV de Francia, el 26 de agosto de 1761, el Pacto de Familia, que era, de hecho, una provocación contra Inglaterra y le sirvió en bandeja de plata el casus belli para hacerle la guerra a España.

Inglaterra vio esta oportunidad como la justificación perfecta para atacar la capital cubana y apoderarse de esta importante enclave caribeño donde, además, las fuerzas españolas tenían importantes edificaciones militares.

En la mañana del día 6 de junio de 1762 los navíos ingleses aparecen frente en las aguas de la Bahía de La Habana. En ese momento, sobre las 10 de la mañana, el gobernador Juan del Prado Portocarrero, las autoridades principales, los miembros de las familias más prominentes y parte del vecindario se encontraban en la Parroquial Mayor celebrando la fiesta religiosa conocida como Santísimo Corpus Christi. El evento fue interrumpido por un edecán del gobernador quien entro a toda carrera a hasta la primera fila donde se encontraba en Capitán General y le informo del asunto[11].

El ataque inglés no se hizo esperar y en las primeras horas del día 7 de junio las fragatas británicas descargaron todo su poder contra los torreones de Cojímar y Bacuranao que estaban situados en la playa al Este de la boca del puerto habanero, los torreones no aguantaron el ataque y fueron reducidos a escombros en poco tiempo, lo que le posibilito a la escuadra inglesa desembarcar unos 8.000 hombres en dos cuerpos, avanzaron hacia el poblado de Guanabacoa sin encontrar obstáculo. Un pelotón de lanceros del campo que valientemente cargó a la vanguardia, fue deshecho sin gran esfuerzo y huyó desbandado hacia el interior.

Los defensores resistieron 44 días de continuos ataques antes de caer en manos del enemigo. Los ingleses lanzaron durante estos días más de 20.000 proyectiles gruesos, bombas, granadas y balas de cañón. Mientras que el costo de vidas humanas fue de más de 1.000 por los ibéricos y más de 3.000 por los británicos[15].

El día 11 comenzó el ataque final inglés contra la ciudad. Los proyectiles comenzaron a caer sobre la ciudad destruyendo las edificaciones que se encontraban a su paso aunque no pudieron crear una brecha. A las nueve de la mañana, al ver que todo estaba perdido, el Capital General Del Prado y sus oficiales, rindieron las armas e izaron bandera blanca, saliendo de la ciudad el Sargento Mayor con las condiciones para la capitulación de la villa.

El día 12 de agosto las dos partes firman la capitulación de la ciudad[16]. Por la parte inglesa se encontraban el Almirante Pocock y el Conde de Albemarle, mientras que los derrotados españoles están representados por el Marqués del Real Transporte y el Mariscal de Campo Juan de Prado.

La Toma de La Habana fue una jugosa victoria para las fuerzas británicas. En ella le destruyeron una escuadra entera. Significó la perdida de un puerto que dominaba el camino hacia el Golfo de México y un extenso territorio. Además los ingleses conquistaron una inmensa cantidad de artillería, armas armas portátiles, municiones, pertrechos, más de unos tres millones de libras esterlinas en plata, tabaco y otras mercancías contenidas en los almacenes de la Habana.

En las primeras semanas de ocupación hubo hambruna en la ciudad, los españoles establecieron la capital de la isla en Santiago de Cuba mientras que La Habana se mantuviese ocupada por los británicos y le ordenaron a su flota bloquear el puerto habanero y hostigar a los buques que salieran o entrasen a él, ante esta situación a los ocupantes ingleses no le quedo otra opción que permitirles salir de la ciudad y abastecerse de animales en el campo. Las autoridades españolas sabían que sus compatriotas podían salir de la capital para buscar alimentos fuera de la villa, algo que fue aprovechado por los oportunistas menos escrupulosos, formándose bandas de asaltantes y saqueadores en los alrededores de La Habana y Matanzas.

En  once meses que duró la ocupación, en el puerto habanero llegaron a entrar cerca de 900 barcos, por lo que no es de extrañar que los vegueros, azucareros y ganaderos cubanos vieran los cielos abiertos: pudieron exportar sus productos, mejorar los precios e importar otras materias a precios muy favorables en condiciones comerciales más libres.

Tras el fin de la ocupación inglesa nada volvió a ser lo mismo. La ciudad vivió un cambio relevante y extraordinario. Comenzó la edificación de nuevas obras sociales y un nuevo mercado, una nueva relación y necesariamente en el tiempo una nueva dependencia que en definitiva sería consagrada posteriormente en los primeros años del siglo XIX con la determinación de Fernando VII de abrir el puerto de La Habana al comercio mundial.

 

 

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