El discurso del presidente de Estados Unidos Donald Trump en la Organización de Naciones Unidas, además de demagogo y adornado con falacias, pareció ser un fantástico cuento de hadas diametralmente opuesto a la realidad del accionar de Washington.
Abordó el rol fundacional de la ONU orientado a la salvaguarda de la paz y el respeto inalienable a la autodeterminación de las naciones. Añadió que “su gobierno respetaba esos principios”, aún cuando el record de intervenciones militares, guerras e injerencias de su país en otras naciones difícilmente podría ser superado.
No habló del exacerbado incremento del presupuesto para la carrera armamentista, tampoco hizo alusión a las abismales desigualdades que hacen que millones de niños mueran a diario en el mundo por carecer de alimentos, o ser obligados a desplazarse ante el fomento de conflictos generados por invasiones extranjeras, como aconteció en Libia, Iraq y otros territorios.
Además, olvidó señalar que la desmedida emigración actual hacia Europa tiene sus orígenes en las agresiones y la promoción del terrorismo precisamente en naciones que habían logrado coexistir armónicamente con diversas etnias, historia y tradiciones. Y aunque Occidente no habla de ello, entonces tenían estabilidad socio-económica, a decir de estadísticas de los años 80 y 90 de la anterior centuria, refrendadas por organismos internacionales.
Como es habitual se inmiscuyó en los asuntos internos de otros estados, particularmente en aquellos que no piensan ni articulan política y económicamente igual a Washington. De ahí lo incompatible y fuera de contexto de su discurso, ante la realidad circundante.
Sobre Venezuela y Cuba arremetió con su estilo poco convincente y adornado con embustes. Insistió en el criminal y antihumano asedio contra la Isla, la cual a pesar de ello goza de prestigio y admiración por su política desinteresada de solidaridad y ayuda a los más desposeídos.
La emprendió contra quienes construyen sistemas socialistas (donde la distribución de los recursos es equitativa y se priorizan los servicios básicos de la población), muy alejados del capitalismo que defiende como millonario, y donde la acumulación de capital es la premisa esencial para enriquecer solamente al uno porciento de los ciudadanos. Mientras, las grandes mayorías no cuentan con sustanciales ingresos financieros para costearse una vivienda, servicios de educación, salud, cultura, empleo y digna jubilación.
La arrogancia que invade a Trump lo hace incapaz de reflexionar y reconocer el significado de la verdadera colaboración. Debería preguntarles a los millones de personas que salvaron su vista con la Operación Milagro, o aprendieron a leer y escribir con el programa Yo Sí Puedo. Estos son solo dos ejemplos de cuánto puede alcanzarse con voluntad política y sin perenne hostilidad contra los pueblos.
El representante de Washington es también muy cuestionado por sus ciudadanos por plegarse a los racistas y ultra reaccionarios oxigenados en su mandato. Y ha quedado totalmente desarticulado ante la opinión pública internacional por su incongruente primer discurso en la ONU.
Se atrevió a llamar a la paz cuando su administración es ejemplo de incentivo a las beligerancias, subversión e injerencias en casi todas las áreas geográficas del orbe.
En su intervención olvidó decir cómo en su país se incrementan las persecuciones a los afroamericanos, hispanos, árabes, asiáticos y demás emigrantes. Igualmente silenció las prácticas violatorias de derechos humanos con torturas a personas en bases norteamericanas que mantienen usurpadas a otros territorios, como es el caso de Guantánamo, robado a Cuba.
Asimismo, omitió el daño genocida al medioambiente por los gases de efectos invernadero que él considera inexistentes y sin fundamentos. Muestra insensatez al minimizarlos y desatender las medidas apremiantes acordadas por Naciones Unidas para proteger el planeta.
Demostró no ser capaz de convivir civilizadamente con otros pueblos que decidieron defender su libertad y establecer sociedades distintas a la otrora de explotación del hombre por el hombre y aberrante discriminación como la que hubo en la Mayor de las Antillas, antes de la Revolución.
Sigue siendo muy errada la política del actual presidente de la Casa Blanca, quiere ser gendarme del mundo y no ha sido capaz de reparar los tejados de vidrios crecientes en su nación. Trabaja por dividir a la América Latina y el Caribe y busca aliados en el hemisferio con los gobiernos más impopulares y de derecha del continente.
El señor dignatario de EE.UU. busca comprometer a otros mandatarios de la región como el de Colombia, Argentina, el golpista de Brasil y otros de poco arraigo soberano y escasa credibilidad.
Resulta bochornoso que existan quienes en esta era se presten todavía a intervenciones foráneas e ignominiosas conspiraciones contra países hermanos, los cuales está demostrado pueden coexistir en paz, colaboración, desarrollo sostenible e independencia, a pesar de profesar filosofías y sistemas diferentes.