image_pdfimage_print

[:es]

El sistema farmacéutico ha sufrido un desabastecimiento en los últimos meses. La falta de financiamiento para la producción, indisciplinas en los eslabones de la cadena e inexistencia de fiscalización en las unidades que comercializan los fármacos, contribuyeron a profundizar el maltrato a la población y la proliferación del mercado informal de medicinas, a expensas de desacreditar un servicio que permite disfrutar de uno de los derechos más importantes ganados por los cubanos: la salud

Una manzana al día mantiene al médico lejos”, alegó en el siglo XVIII Benjamín Franklin, político considerado uno de los padres fundadores de los Estados Unidos de América. Y, vamos, Franklin sabía de lo que hablaba. En sus púberos días trabajó como vendedor en la tienda de barrio de su padre, donde dispensaba velas, jabones, además de medicamentos y diferentes hierbas curativas.

Como para mantener la salud la disciplina en el tratamiento médico lo es todo –o casi todo–, muchos cubanos se preocupan en los últimos meses luego de ir reiteradamente a las farmacias y no conseguir la “manzana” prescrita por su médico.

Ni el viejo Benjamín hubiera podido dormir en paz con esos truenos. Tal vez por eso inventó el pararrayos, inspirado su intelecto por otros científicos coetáneos como Isaac Newton (curiosamente, también aprendiz de boticario en su adolescencia, aunque en definitiva se inclinó por la Física y tras caerle una manzana de su huerto en la cabeza – ¡otra vez una manzana!–, se volcó al estudio y descubrimiento de la Ley de la gravedad).

Gravedad, catalogan muchos, es que falten tantos medicamentos en las farmacias cubanas y, lo peor, que algunos puedan encontrarse en las oscuras alforjas del mercado informal. Molestos, rezongan a solas, o en chismorreos, en asambleas y ante el micrófono de no pocos medios de prensa escrita y electrónica.

Una señora que no logra reconocer la botica habanera de Infanta y Manglar como la recordaba –la ve más pequeña, vaya–, finalmente acepta la explicación de la empleada: es la misma, solo se cambió de lugar el mobiliario (aunque inexplicablemente eliminaron un sofá donde el cliente podía hacer la espera sentado).

“Es la misma, sí, pero no tiene medicamentos”, rumia bilis la anciana, abrazada a su brisca de tarjetones como tabla de salvación. Poco le importa a esa hora que Franklin, New-ton, el dramaturgo noruego Henrik Ibsen o el padre del idioma italiano, Dante Alighieri, hubieran sido principiantes de boticario.
Remedios para un gran dolor de cabeza.

Lo cierto es que las explicaciones ofrecidas por los encargados de su producción y distribución en los últimos meses, no han dado tranquilidad. Siguen faltando medicinas, y cuando reaparecen las que ya nadie se acordaba, se volatilizan otras y luego desaparecen las reencontradas.

Con la oreja pegada a la tierra, BOHEMIA fue a la calle para explorar la ruta que siguen los medicamentos para llegar a su destino final. Desde el cliente hasta la industria productora y, por supuesto, la red de dispensarios, pues se puede leer en el libro Rayuela, de Julio Cortázar, “una farmacéutica está al servicio de la verdad, aunque se localice en los sitios más íntimos”

Por: Marieta Cabrera, Igor Guilarte Fong y Toni Pradas

[:]

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Comentarios

comentarios