A propósito de una conversación con Fidel, desde mi altura.

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Tomado de: Anuario Estadístico 2017. Unidad Central de Cooperación Médica ||
Solo 23 días habían transcurrido después de haber cumplido una misión de 20 meses en el municipio Santa Cruz Barillas, departamento Huehuetenango, en la Cordillera de los Cuchumatanes, al norte de Guatemala. Evocaba aún las experiencias de haber brindado atención médica integral a parte de la población de uno de los 21 grupos éticos de origen maya de esa nación, la mayoría de habla Q‘anjob’al, personas muy nobles que aún sufrían las secuelas del conflicto armado, pues se habían firmado los acuerdos de paz apenas unos años antes y todavía tenían fresco el recuerdo de desapariciones y matanzas. Recordaba, el haber llegado hasta sitios vírgenes de atención médica en pleno siglo XXI, arriesgar la vida entre ríos y serpientes, disfrutar paisajes y climas únicos, haber logrado capacitar comadronas después de mucho esfuerzo para convencerlas, y vacunado a tantos pobladores, conocer enfermedades sólo leídas anteriormente en los libros y haber comido la famosa tortilla de maíz, en todas sus formas y colores.
Teatro del Consejo de Estado, 20 de septiembre del año 2003. El autor a la derecha del Comandante en Jefe.
El 20 de septiembre del año 2003 no trascurrió como una madrugada cualquiera. Poco antes de las 12.00 am y hasta cerca de las 8.00 de la mañana, decenas de médicos que viajaríamos horas después a cumplir con una misión internacionalista, esta vez, en la República Bolivariana de Venezuela, tuvimos la oportunidad de conversar con nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, en un teatro del Consejo de Estado, en La Habana.

Extraordinario fue escuchar a Fidel durante ocho horas aproximadamente, refiriéndose a temas como la situación económica y social del mundo y del hermano país, a su historia, principalmente lo acontecido durante la llamada cuarta república, a las necesidades de su pueblo y a la gallardía de sus próceres. Habló del pensamiento de los forjadores de nuestra nacionalidad, de cómo se ha entremezclado durante los últimos siglos, manteniéndose presente lo que hoy llamamos cubanía. Hizo referencia a lo que se enfrentaron, a los métodos dogmáticos de la enseñanza escolástica colonial, como Félix Varela, “el primer cubano que nos enseñó a pensar” y a Simón Rodríguez, el maestro y orientador del Libertador, cuyos métodos de enseñanza eran orientadores y sus ideas de libertad plena no encajaban en la mentalidad de su época.

Todos estuvimos atentos mientras rememoraba algunas de las principales batallas de Simón Bolívar, el Libertador de América, mientras hablaba con devoción de las ideas del Maestro, con mayúscula; nuestro Héroe Nacional José Martí, cuyo ideario pedagógico está cada vez más vigente, por su cientificidad, quien vinculó el estudio con el trabajo y la escuela con la vida. Sumó a sus comentarios las acciones emprendidas por el gobierno del Comandante Hugo Rafael Chávez Frías, bajo cuya guía y en las condiciones en que se iniciaba, materializó de forma organizada, científica, masiva, de calidad y sin exclusiones, la oportunidad de que los conocimientos, la enseñanza y la instrucción se alcanzasen, ampliaran y consolidasen; hecho que se ha demostrado a través de los propios venezolanos quienes han repetido ya más de una vez: ¡Sí se puede!

Fidel supo narrar con precisión las tareas que debíamos enfrentar y la importancia de atender a la población de los cerros de la ciudad de Caracas, barrio adentro. “Esta población, -decía Fidel- ha sido la menos atendida por los gobiernos anteriores, fueron los que bajaron de los cerros y lograron derrotar el golpe de estado contra el presidente Chávez y reinsertarlo en el poder popular, que habían elegido la mayoría de los venezolanos, democráticamente, apenas un tiempo atrás”. Así logré entender por qué los venezolanos se referían a que cada 11 (de abril) tenía su 13.

Conocimos también a través de él, las necesidades de atención médica no identificadas por análisis alguno, entre los caraqueños, que daban más importancia a la necesidad de poder contar en sus barrios con hospitales, ambulancias y un sistema de comunicación para ser trasladados a esas instituciones y no, con su sistema primario de atención en salud, que les permitiera mayor educación sanitaria y prevenir factores de riesgo, enfermedades y otros problemas de salud. Habló de lo difícil que resultaría el inicio, en medio de las campañas mediáticas en contra del trabajo de los cubanos y de la misión a cumplir.

Avanzaba el tiempo y no demostró, ningún signo de cansancio. Habló casi sin parar durante toda la madrugada y cuando se disponía a finalizar el encuentro, y el alba intentaba ganarle espacio al amanecer, se acercó sigiloso, casi escurridizo hasta donde estábamos sentados. La firmeza de sus pasos, sorprendía a los ya casi agotados integrantes del auditorio y mientras los saludaba se reflejaba en sus rostros, no sólo una retribuida sonrisa, sino el agradecimiento por tenerlo cerca, por haberlos hecho sentir más cubanos. Intercambió “cara a cara” con nosotros sobre otros temas, preguntó las provincias de procedencia, las facultades de Ciencias Médicas donde nos habíamos formado y graduado, la situación de nuestras familias y qué pensaban sobre ir a cumplir esta misión, entre otros tópicos.

Yo, que por casualidad había ocupado durante la parte inicial del encuentro, justamente el asiento del extremo central de la primera fila del coliseo, había notado, mientras disfrutaba de sus reflexiones, cómo desde el estrado, varias veces, se fijaba en las posiciones que adoptaba por el tamaño del asiento y el tiempo transcurrido. En apenas segundos y desafiando a los agentes de seguridad, y con la misma firmeza al andar de momentos antes, se acercó hasta mí y ya en medio del grupo me miró y dijo: – ¿Tú juegas básquet?

Apenas sin calcular la cercanía de su presencia, quedé enmudecido y al parecer no atinaba a responder. Él, que se dio cuenta de mi sorpresa, volvió a preguntar: – ¿En qué posición juegas?, ¿Dónde juegas, en la Facultad?, ¿De qué provincia eres? Recuerdo que solo atiné a decirle: -Sí, soy de Matanzas.

No sabría realmente considerar si estaba nervioso, sorprendido o contento, o todas las cosas a la vez. Sólo sé, que no me aventuré a negar mis insuficiencias para ese deporte, ya que, además, aunque cualquier entendido en cultura física, hubiera asegurado las ventajas que para él tenía mi elevada talla, realmente, nunca lo había practicado seriamente. Por otro lado, conocía las tantas veces que lo había hecho Fidel durante su etapa universitaria y en otros momentos de su vida. El grupo ya nos había rodeado a ambos con el noble propósito de sentirlo más cerca. Sorprendente fue el hecho de colocar (Fidel) su mano derecha sobre mi hombro, al tiempo que le decía al fotógrafo del acto -Tómanos una foto en grupo-, aparentemente para dejar evidencia gráfica del suceso.

Apenas unas horas después, salimos de Cuba con el apoyo y respaldo de nuestras familias y la despedida de aquellas casi 8 horas compartiendo junto al hombre que, sin ser médico, ha hecho más que nadie, por la salud de los pueblos del tercer mundo. La foto pude recuperarla meses después gracias a la gentileza de una compañera médica, que también cumplía la misión. Disfruto, cada vez que observo la instantánea, de la compañía tan cercana del Comandante y confieso que he olvidado el nerviosismo de aquel momento.

Declaro que, después de lo vivido junto a Fidel, y al llegar a la República Bolivariana de Venezuela, el 20 de septiembre del 2003, iba con la convicción de que algo diferente se iniciaba en la atención médica de la inmensa mayoría de la población, que, hasta aquel momento, había estado desatendida y sin posibilidad de serlo, por las políticas de los que habían seguido el patrón neoliberal, ordenado desde el norte.

Barrio Adentro, surgió en abril de ese propio año, ya un mes después se había convertido en la política social más importante del país, iniciando el camino de la trasformación de un sistema de salud que aumentó su cobertura de atención, en más de tres veces la de hasta entonces. Es por ello, que en medio de los grandes cambios que han ocurrido como parte de la Revolución Bolivariana, surgió también una nueva universidad, que constituyó el motor y la vanguardia, convirtiéndose en bandera de un nuevo modelo educativo, que llegó al barrio y Venezuela toda se convirtió en una gran Universidad, en una enorme Escuela de Medicina. Como parte de todo ese proceso y siguiendo las ideas de Fidel y Chávez, los médicos cooperantes cubanos en Venezuela, asumimos nuestro papel como profesores, con la doble misión de instruir y educar.

Iniciar y participar en esta novedosa experiencia, ha quedado y quedará para siempre en la memoria de muchos profesionales cubanos y venezolanos y del pueblo todo. Esa misión ha sido otra gran escuela. La formación del nuevo Médica Integral Comunitario, ya entró también en la historia, no sólo de Venezuela, sino de la nueva Latinoamérica que se comenzó a gestar y desarrollar con aires de Sur. Como lo fue igualmente, el haber podido participar como decano, en el Nuevo Programa de Formación de Médicos, específicamente, con estudiantes pakistaníes en el Polo de Jagüey Grande, de donde conservo vivencias y anécdotas por las diferencias existentes entre nuestras culturas, tradiciones y religiones.

Una fotografía puede hacer revivir diferentes momentos. Hoy cuando he podido también, brindar apoyo y conocimientos en la formación de especialistas en Medicina Familiar y Comunitaria en la República del Ecuador, y coordinar los dos ciclos formativos, desde la coordinación nacional en Brasil; aquel encuentro con Fidel, se hace cada vez más presente, en honor a la verdad y la razón de sus ideas. Probablemente él no consiguiera acordarse, pero yo estoy casi seguro que el otro propósito de aquella instantánea solicitada por Fidel era, comparar la talla de ambos. Evidentemente soy ligeramente más alto, ahí está la fotografía para confirmarlo; pero su grandeza, su dignidad, capacidad y nobleza, quedaron demostradas con aquel acto y superaron todas mis expectativas. Parafraseando a Antonio Guerrero, Héroe de la República de Cuba, esta foto es sin dudas, el mejor testimonio de su humildad, desde mi altura.

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Autor: Dr. José Fernando Placeres Hernández.

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