Tomado del sitio: http://www.cubahora.cu/ciencia-y-tecnologia

Editor: José Armando Fernández Salazar

En un principio fueron palos y piedras, luego vino la historia del descubrimiento del fuego, los metales, las catapultas y los arcos para llegar más lejos, la pólvora y toda la libertad que prohibió y la bomba atómica con la histeria universal del fin del mundo.

Así, el ser humano ha encontrado siempre una forma “civilizada” de dirimir sus conflictos de la manera más salvaje posible. Cuando se lanzó la ciencia a la conquista del espacio, Reagan y los halcones del Pentágono propusieron la Guerra de las Galaxias y de pronto el peligro desde el cosmos no lo representaban seres alienígenas, sino los propios terrícolas.

El tablero geopolítico hoy es diferente y la guerra ha encontrado nuevas dimensiones para hacerse presente, esta vez mediante la automatización y despersonalización de las batallas.

Ello supone un contacto menos directo con el horror de la muerte, al menos para quienes aprietan los controles de los drones desde una acondicionada sala a miles de kilómetros de distancia del teatro de operaciones. Sin embargo, irónicamente, quienes son víctimas de los ataques se ven sometidos a la cara más despiadada de lo más avanzado del saber humano.

La guerra tiene ahora otras formas de manifestarse, algunas vulgares y terroríficas, otras más veladas, pero que de igual forma no renuncian a convertirse en expresión de lo peor de la raza humana. En este nuevo capítulo de conflictos hay quien dice que desde hace varios años la humanidad se enfrenta a su Tercera Guerra Mundial, aunque ahora las armas suelen solaparse entre ceros y unos.

La llaman ciberguerra y acaba de tener una manifestación nunca antes vista que refleja la complejidad del nuevo escenario bélico internacional. El hecho logró bloquear el acceso a los sistemas informáticos de instituciones estatales alrededor del mundo, a través de un ataque conocido como ransomware, que consiste en un ataque en el que los perpetradores piden dinero a cambio de liberar el acceso.

Reino Unido, EE.UU., China, Rusia, España, Italia, Vietnam y Taiwán fueron algunas de las naciones que reportaron daños en sus redes, en sectores tan sensibles como la salud o de tanto impacto económico como las telecomunicaciones y la energía.

Recientemente, Nikolái Murashov, vicedirector del centro de seguridad de comunicaciones del Servicio Federal de Seguridad de Rusia, declaró que: “según los datos de los últimos años, obtenidos mediante diversos métodos de estimación, las pérdidas por programas maliciosos se situaron en entre 300 000 millones y 1 billón de dólares”. Nada desestimable la cifra.

Es habitual que este tipo de estrategia suela manifestarse en forma de virus informático. En 2011, Stuxnet se cree que fue programado por EE.UU. e Israel para sabotear el programa nuclear iraní, pero su liberación tuvo dimensiones globales. En aquel entonces la compañía de seguridad digital Kaspersky Labs lo calificó como un “un prototipo funcional y aterrador de un arma cibernética que conducirá a la creación de una nueva carrera armamentística mundial”.

Generalmente, el objetivo de estas aplicaciones malignas es provocar el colapso de sistemas de redes, pero los expertos en el tema señalan que la tendencia actual está orientada al robo de datos.

Google, Yahoo y el propio Facebook, por solo mencionar algunas de las webs más conocidas, han sido blancos de este tipo de ataques que también afectaron a grandes grupos financieros, agencias de seguros y bases de datos gubernamentales, provocando estafas y robos millonarios.

Sin embargo, bajo el manto de la protección a la seguridad nacional, ciertos gobiernos establecen programas de control sobre su población que asemejan los procederes de las creaciones de hackers con malas intenciones. En marzo de este año Wikileaks dio a conocer más de ocho mil documentos en los que se revela la capacidad de la CIA para robar datos de los sistemas operativos de Windows, MacOs, Linux Solaris, así como también su arsenal de malware (software dañino) contra una amplia gama de productos de compañías estadounidenses y europeas.

Es una nueva página en el historial de revelaciones de este tipo, cuya génesis estuvo en los documentos destapados por Edward Snowden sobre las labores de espionaje de la norteamericana Agencia de Seguridad Nacional.

Las escaramuzas entre potencias propiciadas por este tipo de guerra no convencional ha llevado a roces diplomáticos entre Washington y Corea del Norte, China, Rusia e incluso aliados como Gran Bretaña, Francia y Alemania.

La ciberguerra también se vale de las redes sociales y las posibilidades mediáticas de Internet para promover campañas de difamación y manipulación de la opinión pública a favor de los intereses de las transnacionales o los gobiernos de las grandes potencias.

Quizás el país más golpeado por este proceder en los últimos años haya sido Venezuela, aunque muchas de las estrategias que allí se emplean fueron ensayadas en otro contexto como Egipto, Libia, Túnez, Siria y otros países que se vieron envueltos en la llamada Primavera Árabe entre 2010 y 2013.

A pesar de contar con un índice de penetración de Internet todavía bajo, Cuba no está ajena a este tipo de conflagración. En 2015 durante la Conferencia Internacional “Nuevos Escenarios de la Comunicación Política en el Ámbito Digital, la Mayor de las Antillas se pronunció por establecer mecanismos jurídicos internacionales para sancionar la militarización del ciberespacio, el empleo encubierto e ilegal de sistemas informáticos para agredir a otros Estados, el ciberdelito, el ciberterrorismo, así como el espionaje a gobiernos y sociedades enteras”.

Además de promover un proceso de informatización que contribuya a democratizar el acceso a las nuevas tecnologías de forma segura, se implementa la Proyección Internacional de Cuba en materia de Ciberseguridad, orientada a promover la cooperación internacional a nivel político, operacional y técnico, para ampliar las capacidades nacionales en la prevención y mitigación de eventos cibernéticos nocivos.

Como resultado de esta iniciativa, entre 2014 y 2015 fueron notificadas más de 130 naciones sobre ataques cibernéticos perpetrados contra computadoras cubanas para afectar a instituciones militares, científico-técnicas y financieras ubicadas en terceros países.

La extensión del acceso a Internet y la ampliación de servicios de factura nacional en ella suponen un contexto emergente en Cuba que demandará profundizar las estructuras de enfrentamiento, pero también la cultura de ciberseguridad en la ciudadanía.

Internet puede ser la oportunidad de mejorar la cultura humana, pero también el camino para perderla. Reproducir el modelo guerrerista en ella solo puede convertir en profeta al Premio Nobel Albert Einstein cuando dijo: “No sé cómo será la tercera guerra mundial, sólo sé que la cuarta será con piedras y lanzas”.

 

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