El destino jugó sus cartas y la Revolución cubana puso frente a frente a Ernesto Guevara y Aleida March…

La dirección del Movimiento 26 de Julio le había ordenado subir al Escambray para entregar dinero a la guerrilla. Llevaba los billetes pegados con esparadrapos al torso, por temor a ser asaltada. Cuando estuvo frente al jefe guerrillero, de quien había escuchado decenas de historias legendarias, le informó que traía una encomienda de la ciudad y le urgía desprenderse de aquellas tiras que le crucificaban el cuerpo.

“¿Qué te pareció?”, le preguntó luego Marta Lugioyo, abogada y también miembro del Movimiento, a quien sin vacilar contestó: “no me parece mal, lo más interesante es su mirada, más bien su modo de mirar, parece un hombre mayor”.

La idea inicial era que bajara de nuevo a Santa Clara, pero la madeja de acontecimientos se fue enredando y una orden de detención extendida en su contra le impedía regresar a sus funciones en la clandestinidad. Una noche, mientras se decidía su destino como combatiente en el Pedrero, el jefe de boina negra la invitó para que lo acompañara a tirar unos “tiritos”. Cuenta ella que sin dudarlo asintió, se montó en el jeep para, literalmente, no bajar nunca más. El destino jugaba así sus cartas y la Revolución cubana ponía frente a frente a Ernesto Guevara y Aleida March.

Narra ella en su libro Evocación -esa cortina entreabierta que nos hace partícipes de un amor de novela-  que el Che iba manejando, “me senté e instintivamente me pegué a él, buscando su protección, porque hasta ese momento lo seguía viendo como alguien mayor, que me libraría de las pretensiones de cualquier compañero”.

 

No podía imaginar que pocos días después y en plena toma del poblado de Cabaiguán, el Che, bajo las balas, le dedicaría el primer poema. Mucho menos que el 2 de enero, de camino a La Habana en la Caravana de la Libertad, el guerrillero curtido en mil batallas le declararía su amor. Actuaban como dos simple enamorados, relata ella, “dejándonos llevar por nuestros sentimientos sin mucha originalidad…cuando íbamos en el auto, en tiempos en que aún no era su mujer, me pedía que le arreglara el cuello de la camisa porque iba manejando…o que lo peinara alegando que todavía le dolía el brazo”.

Aleida se convirtió en su secretaria personal, despachaba toda su correspondencia y hubo una carta que le cambió la vida. El 12 de enero el Che le dio a leer una misiva que le mandaba a su esposa, Hilda Gadea, en la que le comunicaba de manera oficial la separación, porque se iba a casar con una cubana que había conocido en la lucha.

Fue un enero inolvidable, confiesa ella. El día en que “entró a mi habitación de La Cabaña, descalzo y silencioso, se consumaba un hecho más que real y que en tono de broma el Che calificó como el día de la “fortaleza tomada”…yo estaba más enamorada de lo que pensaba y, así de simple, me rendí sin resistir y sin dar batalla alguna”.

Se casaron el 2 de junio en la fortaleza de La Cabaña. Pensaron hacer una ceremonia austera, pero cuando Raúl se enteró se dio a la tarea de organizarles una fiesta. Por la forma casi clandestina en que se había preparado la boda, nadie se lo contó a Fidel, quien llegó quejándose luego porque no lo habían invitado. ¡Qué barbaridad!

 Enseguida llegaron los hijos: Aleida, Camilo, Celia y Ernesto. El Che se entregó por entero a la construcción de una Cuba nueva y ella decidió no aparecer en las fotos. “Mi anonimato voluntario y el placer por estar siempre a su lado formaban parte de mi realidad, tal vez por haber intuido el escaso tiempo con que contábamos para permanecer juntos. Soy consciente del goce que le proporcionaron esos instantes”.

Otro enero, esta vez de 1965, él le escribe desde París: “Decididamente, me estoy poniendo viejo. Cada vez estoy más enamorado de ti y me tira más la casa, los muchachos, todo el pequeño mundo que más bien adivino que vivo. En esta provecta edad mental que porto, eso es muy peligroso; te haces necesaria…”

Como toda historia de amor que se respeta, esta también trajo despedidas, dolores insalvables. El Che decidió partir al Congo, luego a Bolivia, para, como él mismo dijo, poner su “pellejo por delante”. Ella sabía los riesgos, “era una mezcla contradictoria entre el deber y la satisfacción que sabía que él sentía por acercarse a su meta añorada y, por otra parte, la conciencia de que ya nada iba a ser igual”.

Él le dejó un sobre que decía “Solo para ti”, dentro estaban las cintas con poemas grabados en su voz. Era el adiós. “Con ellos me había dejado una parte de lo mejor de sí y me daba a entender que yo estaba incluida en su mundo para siempre”.

En las cartas que recibió luego, él le pedía que resistiera y en aquel octubre de terror hubo una frase a la que ella se asió para salvarse: “ayúdame ahora, Aleida, sé fuerte”.

En medio del terrible dolor por la muerte de su primer y más grande amor siguió viviendo, se entregó a sus hijos, se refugió en ellos. Se negó a petrificarse como una estatua hierática y por eso, evoca, “un día cualquiera decidí rehacer mi vida”.

Tres décadas después regresaron a Cuba los restos del Che, “a pesar del fuerte impacto emocional en que me encontraba, la compañía de mis hijos me daba la suficiente entereza para resistir y enfrentarme a ese pequeño osario”.

Antes de que fuera depositado definitivamente en la Plaza Ernesto Guevara de Santa Clara, Aleida tomó una última decisión. Le pidió a su hija Celia que pusiera junto a los restos el pañuelo de gasa que ella le había dado para que usara como cabestrillo cuando se fracturó el brazo izquierdo en la toma de Cabaiguán y del cual el Che escribió:

“El pañuelo de gasa. Eso era distinto; me lo dio ella por si me herían en un brazo, sería un cabestrillo amoroso. La dificultad estaba en si me partían el carapacho. En realidad había una solución fácil, que me lo pusiera en la cabeza para aguantarme la quijada y me iría con él a la tumba. Leal hasta la muerte”.

Así era el guerrillero que ella amó…

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